Por: Carolina Saldarriaga Ramírez
Docente Universidad Tecnológica de Pereira
El 25 de junio de 2011, en la sede de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), ubicada en París, Francia, se llevó a cabo la 35.ª sesión del Comité de Patrimonio Mundial. Como resultado de esta reunión se emitió la Decisión 35 COM 8B.43, mediante la cual el Paisaje Cultural Cafetero de Colombia (PCCC) fue inscrito en la Lista de Patrimonio Mundial, reconociéndolo como un ejemplo sobresaliente de adaptación humana a condiciones geográficas difíciles y su asociación con tradiciones vivas.
La tarea de inscribir el PCCC en la Lista inició a finales de los años noventa, con la intención de lograr un reconocimiento internacional que le diera visibilidad y permitiera aunar esfuerzos para la protección de un territorio con Valor Universal Excepcional, pero también en condiciones de vulnerabilidad. La declaratoria era un camino viable por cuanto implica, según las directrices de Unesco, que el Estado debe implementar medidas de manejo y protección que garanticen su integridad y sostenibilidad.
Quince años después, hemos reflexionado, aprendido, avanzado y planificado en clave de paisaje. Esta designación impuso retos que nadie anticipaba. En principio, no se comprendía con claridad la magnitud del desafío que implicaba gestionar un patrimonio conformado por 51 municipios, un hecho sin precedentes para el país. El principal reto ha sido entender que gestionar un patrimonio vivo es muy distinto de aquello a lo que estábamos acostumbrados. El PCCC no es un museo, un centro histórico, un edificio o un objeto; es un territorio patrimonial habitado por más de trescientas mil personas que, todos los días, toman decisiones a escala de la casa, el barrio, la finca o el municipio, las cuales terminan afectando el paisaje, para bien o para mal.
Los logros, amenazas y retos del PCCC, a quince años de la declaratoria, se derivan principalmente de su proceso de patrimonialización y de las dinámicas socioeconómicas de la región. Dentro de los principales logros se destacan el fortalecimiento de la identidad y el orgullo de los habitantes, y la reafirmación internacional de Colombia como el país de la cultura cafetera. La región se ha consolidado como destino turístico, lo que ha dinamizado la economía regional mediante la creación de empleo y el surgimiento de nuevos negocios como parques temáticos, coffee tours y otras alternativas complementarias. Se ha logrado articular formas tradicionales de producción con avances tecnológicos, diversificando la cadena del café y permitiendo la creación de nuevas líneas de negocio basadas en los subproductos.
De otra parte, las amenazas han sido persistentes pese a los esfuerzos institucionales. La inestabilidad de los precios internacionales del café ha llevado a muchos campesinos a abandonar sus cultivos o migrar, rompiendo así el vínculo espiritual y material con la tierra. La arquitectura tradicional de bahareque está en riesgo por la pérdida de saberes técnicos para su mantenimiento y la introducción de materiales ajenos al entorno. La expansión de la urbanización, la minería y el uso inadecuado de agroquímicos amenazan la biodiversidad y las fuentes hídricas de la región. El crecimiento descontrolado del turismo genera la pérdida de autenticidad, el desplazamiento de pobladores locales debido al encarecimiento de la tierra y la saturación de los pueblos como ya ocurre en algunas zonas del Quindío. El cambio de uso del suelo hacia fines recreativos (fincas de descanso) u otros usos productivos intensivos debilita la producción cafetera tradicional, que es el núcleo de la cultura patrimonializada y transforma las prácticas que eran propias de los modos de vida campesinos de la región.
Entre los principales desafíos pendientes está la creciente escasez de mano de obra joven, debido a la migración hacia las ciudades y a la percepción del trabajo en el campo como agotador y poco lucrativo. Persiste también el desafío de incorporar prácticas sostenibles y tecnificadas sin perder la esencia de las tradiciones culturales que sustentan la declaratoria.
Por otro lado, aún falta integrar el concepto de paisaje cultural en la oferta turística. Actualmente, el paisaje se percibe solo como un telón de fondo y no se aprovecha su potencial educativo. Finalmente, en términos de gestión institucional, sigue siendo necesaria una articulación que responda a los cambios actuales de la caficultura y de la vida social de los pueblos.
Quince años después, el mayor aprendizaje quizá ha sido comprender que el futuro del PCCC no depende únicamente de la declaratoria ni de la gestión institucional, sino de la capacidad colectiva de sus habitantes para seguir habitando, produciendo, transformando y valorando este territorio sin perder aquello que le da sentido. La sostenibilidad del paisaje no se juega solo en la conservación física de la arquitectura o de los cafetales, sino también en la permanencia de los modos de vida, los saberes, las relaciones sociales y el vínculo cultural con la tierra. El desafío hacia adelante será lograr que el Paisaje Cultural Cafetero deje de entenderse únicamente como una marca turística o un reconocimiento internacional y se consolide, realmente, como un proyecto cultural y territorial compartido.











