Una luz nueva llega cada día a la obra de Javier Montoya. Un artista que se niega a creer que ya todo lo sabe, pese a que se ha topado con Grandes Artistas con los que se ha identificado como un aprendiz furibundo. Antonio Mendoza se ha metido en sus extraños cromatismos y sus formas; Héctor Ramírez, el ecuatoriano, lo ha untado de magia, esa que no solo fue de un Oswaldo Guayasamin, sino de los que aman el encanto de las composiciones esotéricas del color y sus misterios; John Jaimer Morales, el mago de las composiciones amorfas y mágicas (enanos, chaparros y construcciones ficticias voluminosas en superficies constreñidas a la perfección) y un Germán Tessarolo, argentino de fantasías impredecibles, que lo llevaron a pegar el color a la tela sin miedo, construyendo obras que agradan ( y que a veces agreden) el ojo del espectador que se anima a poseerlas con las más extrañas excusas habidas y por haber, pero que se utilizan para embellecer los entornos que hacen posible la vida de los más complicados coleccionistas de arte de nuestro medio. Pero no faltaba sino la presencia de uno de los más importantes artistas de Colombia en su obra, el Maestro Álvaro Daza, ese que lo ha hecho pintar con el corazón, lo que le ha permitido encontrar la verdad, la luz, la sincronía, la fuerza del alma, en unas nuevas obras que son arte y magia, eso que todo artista busca y buscará siempre.
Esa es la pintura que ahora le vemos al artista Javier. Única, irrepetible, sincera, pulcra, diáfana, bella.
Esa es la pintura que ahora le vemos al artista Javier. Única, irrepetible, sincera, pulcra, diáfana, bella.
Germán A. Ossa E.
Crítico de Arte
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