Bedoya es un pintor de gran calibre que se da el lujo de sugerir escenas eróticas sin ser pornógrafo; además, también se da el lujo de llenar los lienzos que riega por su estudio, de escenas eróticas, cual si se sintiera en un elegantísimo y arrollador prostíbulo
Por: GermánGermán A. Ossa E.
Gestor Cultural y Crítico de Arte
Cuando un artista se da el lujo de poner la firma a una de sus obras y esta es mirada por el espectador como algo sin concluir, pero que no del todo le desagrada, es porque el dueño del trabajo plasmado en la tela, ya quiere ser reconocido como un Maestro que sabe bien del oficio que ha tomado como profesión.
Javier Bedoya ha hecho gala de ser uno de ellos. Puede que hasta firme la tela, grande o pequeña, antes de empezar a tirar colores. Puede que decida en el momento menos pensado, escribir su nombre y pasar a otra tela para iniciar un nuevo desnudo, un agresivo caballo, o un paisaje que ve deslizar sus colores por entre las venas y ranuras que llevan su sangre hasta el fondo de la tierra misma, o simplemente, para empezar a delinear figuras que se van haciendo realidades momentos después.
Javier es un artista concreto. Sabe qué va a quedar dibujado en la tela que empieza blanca y se va llenando de colores, hasta formar una bella mujer negra repleta de collares que semeja a una habitante de Guatemala o de una comunidad indígena de nuestra costa norte, o una sensual mujer que apenas deja ver una parte de sus senos, pero que abraza con la fuerza de la pasión desbordante, una espalda de un amante que nunca se identifica, pero que en el fondo, quisiera uno haber sido mudamente su modelo.
Bedoya es un pintor de gran calibre que se da el lujo de sugerir escenas eróticas sin ser pornógrafo; además, también se da el lujo de llenar los lienzos que riega por su estudio, de escenas eróticas, cual si se sintiera en un elegantísimo y arrollador prostíbulo, al que solo pueden asistir aquellos personajes de la alta aristocracia, pues sus mujeres siempre habitan lechos sofisticados, escenarios de película, luces de los más refinados cabarets y una música simplemente entrañable y antojadora.
Bedoya es uno de los grandes. Así de sencillo.











